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Adenda 2026

A un año de escribir esto, he tenido más oportunidades para convivir con artistas, visitar galerías, museos, exhibiciones y escenas. Ser parte de eventos pequeños y grandes, inmiscuirme tras bambalinas, escuchar chismes y leyendas.

Cada vez me parece más ficción el mundo y las personas que habitan y construyen la industria cultural. Encuentro gente bonita que solo busca lugares bonitos. Galeristas de derecha. Clase medieros con un fetiche por escarbar y usar la piel de la clase menos privilegiada. Jóvenes adultos y adultos no tan jóvenes sujetando muy fuerte supuestos libertinajes e identidades. Extranjeros que dicen ser como tú y yo, pero ignoran lo más crucial.

La Semana del Arte es un ready-made, otro más, en donde se supone que se impulsan las conversaciones y nadie parece querer hablar. Un lugar donde se supone que se celebra la inclusión y no hay nada más que un esfuerzo por lo individual. Donde supuestamente contemplamos y cuestionamos la belleza, y más bien hay una completa evasión del presente cultural. Lo que sí, el mejor performance se presenta entre todos nosotros, una histeria fenomenal.

México y países que apenas susurran las bocas más oportunistas se vuelven puertos de entrada a un mundo un poquito más real. En consecuencia, sus calles, negocios, pensamientos y expresiones se acercan un poquito más a la fantasía.

Las ciudades empiezan a utilizar la producción cultural para promocionar su ciudad como única y especial. Claro que el problema es que gran parte de la cultura es muy fácil de replicar. La singularidad empieza a desaparecer. Entonces, surge lo que yo llamo la «Disneyficación» de la sociedad. —David Harvey

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Texto Original 2025

Cada año, experimentar la Semana del Arte en la Ciudad de México es más desmoralizante. El evento envuelve un presente cultural que, aunque ágil, participativo y analizable, se presenta, en esencia, como frívolo, desconectado de sí mismo y homogéneo.

Los espacios expositores dejan de ser lugares para mostrar arte y se convierten en eventos sociales. Los asistentes siguen códigos de vestimenta que aspiran a lo hiper-personal y no convencional, pero terminan por estandarizarse.